El joven sonorense quedó eternamente enamorado de su belleza. Él, queriendo enamorarla, se acercó para contarle historias de su tierra, de un lugar árido, y seco, donde el orgullo del hombre se forja con sus acciones; con lo que no contaba era que para cada leyenda, mito, victoria, batalla, su amada le respondía con una igual de impresionante, pero de su Caribe adorado. Pasaron toda una noche, bajo las luces de millones de estrellas brillantes, como nunca más se ha vuelto a ver. Cada uno compartió el orgullo de sus ancestros, el legado de su tierra.